//Cuando la propaganda ya no basta
Dystopisk bilde av en mann med hjerneimplantat, omgitt av skjermer, maskerte folkemengder, propaganda, medisinsk krise og teknologisk overvåkning.
Når propaganda ikke lenger overbeviser, kan neste skritt bli teknologi som påvirker menneskets egne reaksjoner. Bildet illustrerer artikkelens advarsel om hjerneimplantater, sosial kontroll, medisinsk krisekommunikasjon og faren for at tanker, frykt og følelser blir gjort om til data. Bildet er AI-generert.

Cuando la propaganda ya no basta

El futuro se acerca más rápido de lo que la mayoría imagina. En Shanghái, a un paciente con la función de la mano deteriorada se le ha implantado un chip cerebral del tamaño de una moneda. El implante registra señales del cerebro y las envía a un ordenador, que a su vez controla un guante robótico. Para las personas con parálisis y lesiones graves de médula espinal, esto puede ser un avance médico que les devuelva el movimiento, la independencia y la dignidad. Pero tras el entusiasmo médico se abre al mismo tiempo una puerta que la humanidad quizá no pueda volver a cerrar. Porque en cuanto la tecnología pueda leer las señales del cerebro, solo será cuestión de tiempo que alguien intente influir en esas señales en sentido contrario. Entonces ya no se tratará solo de ayudar a mover una mano. Se tratará del acceso a los pensamientos, sentimientos, reacciones y libre albedrío del ser humano.

Sobre el autor

Dan-Viggo Bergtun

Dan-Viggo Bergtun (n. 1956) es un veterano, escritor y líder internacional de veteranos noruego. Con una larga trayectoria en el servicio militar —incluidas operaciones de la ONU—, desde 1978 se ha dedicado a los derechos de los veteranos, la política de paz y seguridad y la situación social y humanitaria de los veteranos. Como expresidente y actual presidente honorario de la Federación Mundial de Veteranos —con asociaciones miembros en más de 120 países y en representación de unos 60 millones de veteranos—, Bergtun ha sido uno de los pocos noruegos con influencia global en el ámbito de los veteranos.

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La propaganda tradicional siempre ha dependido de que las personas vean, oigan y finalmente crean un mensaje. Estados, organizaciones militares, círculos políticos y empresas comerciales han utilizado periódicos, radio, televisión, publicidad, redes sociales y algoritmos para moldear nuestra imagen de la realidad. Mediante la repetición, el miedo, las imágenes del enemigo y la presión emocional, intentan dirigir lo que la población percibe como verdadero, peligroso o necesario. Pero la propaganda tiene una debilidad. No siempre funciona. La gente puede apagar la televisión, desenmascarar la mentira, leer otras fuentes y empezar a hacer preguntas críticas. Cuando desaparece la confianza, la propaganda pierde gran parte de su fuerza.

La covid-19 mostró con qué rapidez se podía influir en toda la población mundial mediante una combinación de miedo, autoridad médica, decisiones políticas, presión social y comunicación uniforme. Eso no significa que los medicamentos o las vacunas pudieran controlar por sí mismos los pensamientos de las personas. Pero la pandemia mostró que las medidas médicas y las inyecciones podían convertirse en el centro de una amplia campaña que influyó en cómo actuaba la gente, en quién confiaba, a quién temía y cómo se trataban unos a otros.

En poco tiempo, las personas quedaron divididas entre responsables e irresponsables, vacunados y no vacunados, leales y sospechosos. Vecinos, compañeros de trabajo y familiares empezaron a vigilar el comportamiento de los demás. Muchos aceptaron restricciones que antes se habrían considerado impensables. El trabajo, los viajes y la participación social podían quedar ligados al estado médico. Las preguntas y dudas a menudo recibían una condena moral, mientras que las voces críticas podían ser tachadas de peligrosas antes de que se examinaran sus argumentos.

Esto no fue necesariamente el resultado de un único plan secreto. Fue una muestra de la fuerza con que puede actuar un sistema combinado de miedo, autoridad, censura, recompensa social y exclusión. Cuando la gente cree que su vida o la de otros corre peligro, se vuelve más dispuesta a obedecer. Cuando todas las grandes instituciones repiten el mismo mensaje, resulta más difícil protestar. Cuando las decisiones médicas se convierten en medida de moralidad y responsabilidad social, el consentimiento personal puede ser sustituido gradualmente por la presión.

La pandemia mostró así que se puede dirigir a toda una población mundial sin necesidad de implantar directamente en el cerebro un pensamiento ya hecho. A menudo basta con controlar la información, crear miedo, definir la acción deseada y hacer que la desviación resulte social o económicamente costosa.

Es precisamente esta experiencia la que hace tan grave la tecnología cerebral y del pensamiento. Cuando la propaganda, la comunicación de crisis y la presión social ya no bastan, la tecnología puede dar al poder una herramienta aún más fuerte. Cuando las palabras no convencen, se puede intentar influir en las reacciones. Cuando la gente ya no reacciona con suficiente fuerza al mensaje del miedo, el miedo, la inquietud o la obediencia podrían, en teoría, amplificarse mediante tecnología que se comunica directamente con el sistema nervioso.

Los implantes cerebrales actuales no pueden implantar opiniones políticas ya hechas en la cabeza de las personas. Hay que decirlo claramente. Pero una tecnología capaz tanto de registrar como de estimular la actividad cerebral podría en el futuro influir en el dolor, el estado de ánimo, el miedo, la concentración, la recompensa y el control de los impulsos. Así, lo que empieza como tratamiento podría convertirse en control del comportamiento.

Los militares, naturalmente, verán oportunidades. Un soldado que pueda controlar drones o sistemas de armas con el cerebro reacciona más rápido que uno que usa las manos. Un implante que agudice la atención o atenúe el miedo puede presentarse como una ventaja necesaria en el campo de batalla. Pero ¿qué ocurre si la tecnología también reduce la duda, la compasión o la reticencia a matar? ¿Qué ocurre cuando el soldado ya no sabe si su valor es suyo o si sus reacciones han sido ajustadas por el sistema al que está conectado?

Entonces no solo habremos desarrollado una nueva ayuda. Podríamos haber creado un sistema de armas humano en el que la conciencia y el libre albedrío quedan bajo administración técnica.

También en la sociedad civil la presión podría llegar a ser enorme. Los empleadores podrían querer trabajadores que mantengan la concentración durante más tiempo. Las escuelas, alumnos que aprendan más rápido. Las aseguradoras podrían exigir acceso a datos sobre estrés y carga mental. Las autoridades podrían afirmar que la tecnología produce ciudadanos más seguros, más sanos y más productivos. Todo se presentará primero como voluntario. Luego como recomendado. Al final puede convertirse en lo esperado.

La covid-19 mostró con qué rapidez la voluntariedad puede quedar rodeada de presión social, económica y moral. Esa experiencia no debe olvidarse cuando la próxima revolución médica y tecnológica se presente como segura, necesaria e inevitable.

El peligro más grave surge cuando la vida interior del ser humano se convierte en datos. Los patrones de pensamiento, las reacciones de miedo, la atención y las fluctuaciones emocionales podrían convertirse en información que se almacena, se analiza y se utiliza. Entonces la propaganda ya no tendría que ser general. Podría adaptarse a las reacciones biológicas de cada individuo y golpear justo cuando la persona está más asustada, agotada o vulnerable.

Aquí reside el poder del futuro. No solo en controlar la información que recibe la gente, sino en controlar cómo reacciona a ella.

Cuando la propaganda ya no funcione, el siguiente paso puede ser cambiar al ser humano que se niega a creer.